Mírate: estás agotada de sostener una máscara de perfección que ya no te queda.
Te da pánico que alguien descubra que estás harta, que tienes rabia y que, en el fondo, detestas la vida que has construido para complacer a otros.
Estás pagando con tu salud, con tu dinero y con tu tiempo una deuda que no es tuya.
Estás intentando salvar a tus padres, a tus ancestros o a tus hijos a través de tu propio sacrificio, pero la verdad es que tu infelicidad no está salvando a nadie; solo está asegurando que la cadena de dolor continúe.